Libro del desasosiego
Libro del desasosiego La gramática, definiendo el uso, hace divisiones legítimas y falsas. Divide, por ejemplo, los verbos en transitivos e intransitivos, pero el hombre que sabe decir tiene muchas veces que convertir un transitivo en intransitivo para fotografiar lo que siente, y no, como el común de los animales hombres, para ver a oscuras. Si quiero decir que existo, diré «soy». Si quiero manifestar que existo como alma distinta, diré «soy yo». Pero si quiero decir que existo como entidad que se dirige y forma a sí misma, que ejerce sobre sí misma la función divina de crearse, ¿cómo voy a emplear el verbo «ser», si no lo convierto de inmediato en transitivo? Y entonces, triunfalmente, antigramaticalmente supremo, diré «Me soy». Habré concretado una filosofía en dos simples palabras. ¿Cuán preferible es esto a no decir nada en cuarenta frases? ¿Qué más se puede exigir de la filosofía y de la dicción?
Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sepa mandar en sus expresiones. Se cuenta de Segismundo, rey de Roma, que habiendo cometido un error gramatical en un discurso público, respondió a quién se lo censuró: «Soy rey de Roma y estoy por encima de la gramática». Y la historia cuenta que fue conocido como Segismundo «super-grammaticam». ¡Maravilloso símbolo! Cada hombre que sabe decir lo que dice es, a su modo, rey de Roma. El título no es malo y el alma es «serse».