Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Del lado de oriente, entrevista, la ciudad se levanta casi como a falsa plomada, y asalta estáticamente el Castillo. El sol pálido moja de una suave aureola la mole repentina de casas que se ocultan desde aquí. El cielo es de un azul humildemente blanquecino. La lluvia de ayer tal vez se vuelva a repetir hoy, sólo que más blanda. El viento parece venir del Este, tal vez porque aquí mismo, de repente, huele vagamente a lo maduro y lo verde del mercado próximo. Del lado oriental de la plaza hay más forasteros que en la otra parte. Como descargas mullidas, las puertas onduladas descienden hacia lo alto: no sé por qué, es ésta la frase que me trasmite ese ruido. Es tal vez porque producen más ese sonido al descender, aunque ahora estén subiendo. Todo tiene su explicación.
De repente estoy solo en el mundo. Veo todo esto desde lo alto de un tejado espiritual. Estoy solo en el mundo. Ver es estar lejos. Ver claro es detenerse. Analizar es ya ser extranjero. Toda la gente pasa sin rozarme. A mi alrededor todo es aire. Me siento tan aislado de todos, que siento la distancia entre mi traje y yo. Soy un niño con una palmatoria mal encendida, que atraviesa en camisón de noche una gran casa desierta. Viven sombras que me rodean —sólo sombras, hijas de las cosas muertas y de la luz que me acompaña. Ellas me rodean aquí, al sol, pero son alguien.