Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Estas consideraciones, frecuentes en mÃ, me llevan a una admiración súbita por todos esos individuos que me repugnan por instinto. Me refiero a los mÃsticos y a los ascetas —a los perdidos en todos los Tibets, a los Simones Estilitas de todas las columnas. Al menos éstos, en su absurdo, tratan de liberarse de la ley animal. Éstos, acaso desde la locura, intentan negar la ley de la vida, el revolcarse al sol, el aguardar la muerte sin pensar en ella. Buscan, aunque permanezcan inmóviles en lo alto de la columna; ansÃan, aunque se encuentren en una celda sin luz; desean lo que no conocen, incluso hallándose ante el martirio y frente a la amargura impuesta.
Los demás, que vivimos como animales más o menos complejos, atravesamos el escenario como figurantes sin frase, envanecidos por la fatua solemnidad del trayecto. Perros u hombres, gatos o héroes, pulgas o genios, jugamos a existir, sin pensar en nada (los mejores de entre todos, piensan sólo en pensar), bajo la gran quietud de las estrellas. Los otros, los mÃsticos de la mala hora y del sacrificio, sienten al menos, con el cuerpo y lo cotidiano, la presencia mágica del misterio. Están liberados, por cuanto niegan el sol visible; plenos por cuanto se han despojado de la vacuidad del mundo.