Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Si no supiese quién es, no lo conocería por la pinta. Aunque no hay que hacerse de los grandes hombres aquella idea heroica que de ellos se forman las almas simples: que un gran poeta ha de ser un Apolo de cuerpo y un Napoleón de expresión; o, peor todavía, un hombre distinguido y un rostro expresivo. Bien sé que estas cosas son naturales y absurdas. Pero si uno no puede esperar ya todo o casi todo, al menos puede esperar algo todavía. Y cuando se pasa de la figura vista, al alma expuesta, no hay por qué esperar espíritu o vivacidad, pero hay que contar al menos con la inteligencia, con una sombra de la elevación al menos.
Todo esto —estos desengaños humanos— nos hace pensar en lo que puede haber realmente de verdad en el concepto vulgar de inspiración. Parece que este cuerpo destinado a un comerciante y este alma destinada a un hombre educado son, cuando están a solas, investidos misteriosamente de algo interior que les es ajeno, y que no habla, sino que se habla en ellos y la voz dice lo que es mentira que ellos dijeron.
Especulaciones casuales e inútiles. Llego a sentir pena de darles pábulo. No disminuye con ello la valía de un hombre; no aumenta con ello la expresión de su cuerpo. Pero, en verdad, nada altera nada y lo que decimos o hacemos roza sólo las cimas de las montañas, en cuyos valles duermen las cosas.