Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Nunca se sabe si lo que acaba del día permanece con nosotros en una tristeza inútil, o si lo que somos es falso entre penumbras y no hay nada salvo el gran silencio sin patos salvajes descendiendo sobre los lagos donde los juncos levantan su esbeltez desfalleciente. Nada se sabe, ni la memoria que queda de las historias infantiles, algas, ni la caricia tardía de los cielos futuros, brisa con la que la imprecisión se abre lentamente en estrellas. La lámpara votiva oscila incierta en el templo olvidado, se aquietan las albercas de los huertos abandonados, no se reconoce ya el nombre inscrito antaño en el tronco de un árbol y los privilegios de los desconocidos se perdieron como papel mal recortado, por los caminos ventosos, al albur de los obstáculos donde se detuvieron. Unos se asoman a las mismas ventanas que los otros; duermen los que se olvidaron de la mala sombra, nostálgicos del sol que no disfrutaran. Yo mismo, que deseo sin alharacas, acabaré sin remordimientos entre juncos empapados, en el fango del río cercano y el cansancio flojo bajo otoños largos, en confines imposibles. Y a través de todo, como un silbido de angustia desnuda, sentiré mi alma tras el desvarío —aullido profundo y puro, inútil en la oscuridad del mundo.