Libro del desasosiego

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Bosque

Pero, bueno, ni siquiera el cuarto era de verdad —¡era el cuarto viejo de mi infancia perdida! Como una niebla se alejó, atravesó materialmente las paredes blancas de mi cuarto real y éste emergió con nitidez y más pequeño de la sombra, como la vida y el día, como el paso del cochero y el estallido amortiguado del látigo que hace reanimar los músculos, e incorpora el cuerpo echado de la bestia somnolienta.

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Reconozco, no sé si con tristeza, la sequedad humana de mi corazón. Para mí vale más un adjetivo, que un lamento real del alma. Mi maestro Vieira […]

A veces, sin embargo, soy diferente y tengo lágrimas, de las calientes, de los que no tienen ni nunca han tenido madre. Y mis ojos, que arden en esas lágrimas muertas, arden dentro de mi corazón.

No me acuerdo de mi madre. Murió cuando yo tenía un año. Todo lo que hay de duro y de disperso en mi sensibilidad, es consecuencia de ese calor ausente y de la nostalgia inútil por los besos que no recuerdo. Soy un ser vicario. Me desperté siempre contra senos forasteros, arrullado por equivocación.

Es la nostalgia de eso otro que yo podría haber sido, lo que me dispersa y sobresalta. ¿Qué diferente hubiera sido yo si me hubieran dispensado el cariño que viene desde el vientre hasta los besos en la carita?


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