Libro del desasosiego
Libro del desasosiego A principios de la desesperación.
Tal vez la nostalgia de no haber sido hijo, tenga mucho que ver en mi indiferencia sentimental. Quien de pequeño me apretó contra su cara, no me pudo estrechar contra su corazón. Ella estaba lejos, en una sepultura —esa que me pertenecía, si el Destino hubiese querido que me perteneciera.
Me dijeron más tarde que mi madre fue bella, y dicen que cuando me lo dijeron yo no dije nada. Era ya grande de cuerpo y alma, desentendido de emociones, y el hablar no era precisamente una noticia de otras páginas difíciles de imaginar.
Mi padre, que vivía lejos, se mató cuando yo tenía tres años y no llegué a conocerlo. No sé siquiera por qué vivía lejos, ni nunca me importó saberlo. Me acuerdo de la noticia de su muerte como de una gran seriedad y las primeras reacciones después de saberlo. Miraban, lo recuerdo bien, de cuando en cuando hacia mí. Yo miraba de reojo, entendiendo estúpidamente. Después comí con más atención, pues tal vez sin que yo los viese, continuaban mirándome.
Soy todas esas cosas, lo quiera o no, en el fondo confuso de mi sensibilidad fatal.