Libro del desasosiego
Libro del desasosiego El tedio… Trabajo bastante. Cumplo con lo que los moralistas de la acción llaman mi deber social. Cumplo con ese deber o con ese fátum sin gran esfuerzo y sin una notable desinteligencia. Pero algunas veces, en medio del trabajo, otras en pleno descanso que, a decir de los mismos moralistas, merezco y me debe ser grato, me traspasa el alma una hiel de inercia y me noto cansado, no de la faena o del descanso, sino de mí.
¿Por qué de mí, si no estaba pensando en mí? ¿De qué otra cosa, si no pensaba en ella? ¿Del misterio del universo, que se posa en mis cuentas o en mi posición inclinada? ¿Del dolor universal de vivir, que se materializa súbitamente en mi alma mediúmnica? ¿Para qué ensalzar tanto a quien no sabe siquiera lo que es? Es una sensación de vacío, un hambre sin apetito, tan noble como estas sensaciones de cerebro a secas, de estómago a secas, sobrevenidas por fumar demasiado o por no digerir la comida como se debe.
El tedio… Tal vez, en el fondo, el tedio no sea más que la insatisfacción íntima del alma por no haber fijado en ella una creencia, la desolación de ese niño triste que íntimamente somos, por no haberle comprado el juguete divino. O tal vez la inseguridad de quien precisa una mano que lo guíe, y no siente, en el camino negro de la sensación profunda, más que la noche sin el ruido de no poder pensar, el camino sin nada de no saber sentir…