Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Pero yo dormito, digestivo y fantaseador. Tengo tiempo entre una sinestesia y otra. Es prodigioso pensar que yo no querría, en caso de que alguien me preguntara y tuviera que responderle, una mejor y breve vida que la de estos largos minutos, la de esta nulidad del pensamiento, la de la emoción, la de la acción, incluso casi la de la sensación, la del ocaso-nato de la voluntad dispersa. Entonces reflexiono, casi sin pensamiento, que la mayoría, si no la totalidad de los hombres, viven así, bajos o altos, quietos o caminando, pero con la misma modorra ante los fines últimos, el mismo abandono para los formados propósitos y la misma sensación ante la vida. Siempre que veo un gato tumbado al sol, me acuerdo de la humanidad. Siempre que veo dormir, me acuerdo de que todo es sueño. Siempre que alguien me dice que ha soñado, pienso si piensa que alguna vez ha hecho otra cosa que soñar. El ruido de la calle crece, como si una puerta se abriera y tocan la campanilla.
No ha sido nada, puesto que después la puerta se ha cerrado. Los pasos se interrumpen al final del pasillo. Los platos, ya lavados, alzan la voz del agua y de la loza. […] El camión pasa estremeciendo los fondos, y como todo acaba, yo también dejo de pensar.