Libro del desasosiego

Libro del desasosiego

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Ayer, por tener que tratar un asunto lejano, salí de la oficina a las cuatro y a las cinco ya tenía acabada mi tarea. No acostumbro a andar por las calles a esa hora y es por eso que me hallaba en una ciudad diferente. El tono lento de la luz en las fachadas usuales era de una dulzura desaprovechada, y los transeúntes de siempre pasaban por mí en la ciudad de al lado, marineros desembarcados de la escuadra de ayer noche.

Era todavía hora de estar abierta la oficina. Volví ante la estupefacción natural de los empleados de quien ya me había despedido. ¿Ya de vuelta? Sí, de vuelta. Estaba allí, libre de sentir, solo como los que me acompañaban sin que espiritualmente estuviesen conmigo… En cierto modo, era aquél mi hogar, es decir, el lugar donde no se siente.

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Encaro serenamente, sin nada más que aquello que para el alma representa una sonrisa, el que la vida se me cierre en esta Rua dos Douradores, en esta oficina, en la atmósfera de toda esta gente. Tener lo que necesito para comer y beber, un lugar para habitar, y el poco espacio y tiempo libre para soñar, escribir —dormir—, ¿qué más puedo pedir a los Dioses o esperar del Destino?


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