Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No han abierto todavía las tiendas, salvo las lecherías y los cafés, pero la quietud no es de adormecimiento, como la de un domingo cualquiera, sino sólo de inmovilidad. Un indicio dorado se anticipa en el aire revelado y el azul se ruboriza a través de la neblina que se esfuma. El comienzo del trajín se enrarece por las calles, resaltando la distancia de los peatones, y en las pocas ventanas abiertas, altas, madrugan también los aparecidos. Los tranvías hacen sonar a medio gas su letrero móvil, amarillo y numerado. Y, de minuto en minuto, sensiblemente, se desdesertizan las calles.
Bogo, con la sola atención de los sentidos, sin pensamiento ni emoción. Me he despertado temprano y he salido a la calle sin prejuicios. Observo como quien no deja de reinar en algo. Veo como quien piensa. Y una leve niebla de emoción se levanta absurdamente ante mí; la bruma que sale del exterior parece que se me infiltrara con lentitud.
Sin quererlo, siento que he estado pensando en mi vida. No me he dado cuenta, pero ha sido así. He creído que sólo veía y oía, que no era más en todo este transcurso de ocio, que un reflector de imágenes previamente tomadas, un biombo blanco donde la realidad proyecta colores y luz en vez de sombras. Pero era más, sin que yo me hubiese percatado. Era el alma que se niega, y mi propia mirada abstracta era todavía una negación.