Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Suenan —deben dar las ocho pero no las cuento— las campanadas horarias o las de un grandioso reloj. Despierto de mí mismo ante la banalidad de las horas, clausura que la vida social impone a la continuidad del tiempo al límite de lo abstracto, frontera de lo desconocido. Despierto de mí, y mirando a todos lados, ahora ya sí, lleno de la vida y de la humanidad acostumbrada, observo que la niebla que se ha esfumado por el cielo, salvo lo que de azul planea en un azul no completo todavía, me ha entrado de verdad en el alma y al mismo tiempo hacia dentro de las cosas, que es por donde ellas establecen contacto con mi alma. He perdido la visión de cuanto estaba viendo. He dejado de ver con la vista. Siento ya con la banalidad del conocimiento. Esto no es ya la Realidad, sino simplemente la Vida.
… Sí, la vida a la que también pertenezco, y que también me pertenece a mí; no la Realidad, que es sólo de Dios o de sí misma, que no contiene ni misterio ni verdad, que al ser real o fingirla, existe fija en alguna parte, libre de ser temporal o eterna, imagen absoluta, idea de un alma que fuese exterior.