Libro del desasosiego
Libro del desasosiego ¿Entonces, por qué escribo? Porque, predicador que soy de la renuncia, no he aprendido a ejecutarla correctamente. No he aprendido a renunciar al apego del verso o de la prosa. Escribo como quien cumple un castigo. Y el mayor castigo es saber que lo que uno escribe es enteramente fútil, frustrado e incierto.
De crío ya escribía versos. Entonces ya escribía versos muy malos que consideraba perfectos. Nunca más me tomaré el falso placer de escribir algo perfecto. Lo que hoy escribo es mucho mejor. Es mucho mejor incluso de lo que podrían escribir los mejores. Pero está muy por debajo de lo que yo, no sé por qué, creo que podría —o tal vez debiera— escribir. Lloro sobre mis malos versos infantiles como ante un niño muerto, un hijo muerto, una última esperanza que se marchara.
Saber que será mala la obra que nunca se llevará a cabo. Peor, sin duda, será la que nunca se haga. Aquélla que se ha hecho, al menos queda hecha. Será pobre, pero existe, como la planta raquítica en la maceta única de mi deforme vecina. Esa planta es su regocijo y a veces también el mío. Lo que escribo, y que reconozco como malo, puede servir de leve distracción a los espíritus tristes y adoloridos. Me baste o no con eso, sirve de alguna manera, y así es la vida.