Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Una gran alegría llena de descanso y liberación nos desconcertó a todos. Trabajábamos medio atontados, con agrado, sociables bajo una amabilidad natural. El mozo, sin que nadie se lo pidiese, abrió de par en par las ventanas. Un olor a fresco entró con el aire empapado, sala adentro. La lluvia, leve ya, caía con humildad. Los ruidos de la calle, que parecían los mismos de siempre, eran diferentes. Se oía la voz de los cocheros y eran realmente personas. Con nitidez, desde la calle de al lado, las esquilas de los tranvías mantenían también una familiaridad con nosotros. Una carcajada aislada de niño hizo de canario en la atmósfera limpia. La llovizna se fue apagando.
Eran las seis. Cerraba ya la oficina. El patrón Vasques dijo desde la mampara entornada: «Pueden salir» y lo dijo como un dictamen comercial. Me levanté, cerré el libro y lo guardé. Puse a la vista la plumilla sobre la ranura del tintero y avanzando hacia Moreira le dije un «hasta mañana» lleno de esperanza, apretándole la mano como si me hubiera hecho un gran favor.
Hace mucho, no sé si días o meses, que no registro impresión alguna. No pienso y, por tanto, no existo. Me he olvidado de quien soy; no sé escribir porque no sé ser. Por un letargo oblicuo, he sido otro. Saber que no me acuerdo, es despertar.