Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Qué casas, qué deberes, o qué amores hubiéramos dejado atrás, ni siquiera nosotros mismos lo sabríamos decir. En ese momento, no éramos más que caminantes entre lo que olvidamos y o que ignorábamos, caballeros al pie del ideal abandonado. Mas en eso, como en el rumor constante de las hojas pisadas y el ruido brusco del viento siempre incierto, estaba la razón de ser de nuestra ida, o de nuestra venida, pues al no saber ni el camino ni el por qué del camino, no sabíamos si íbamos o si veníamos. Y a nuestro alrededor, siempre, sin un lugar conocido o sosegada vista, el ruido de las hojas al extenderse adormecía de tristeza el bosque.
Ninguno de nosotros quería saber del otro, pero ninguno de nosotros proseguiría sin él. La compañía que nos íbamos haciendo era una especie de sueño que tenía cada uno de nosotros, y el sonido de los pasos ayudaba a cada uno a pensar sin el otro, de manera que los pasos solitarios nos hubieran despertado. El bosque estaba lleno de falsos claros, como si fuese un falso bosque o se estuviese acabando, pero ni acababa la falsedad ni el bosque. Nuestros pasos paralelos proseguían y, en torno a lo que escuchábamos de las hojas pisadas, se seguía un vago rumor de hojas cayendo sobre el bosque que lo era todo, en el bosque igual al universo.