Libro del desasosiego

Libro del desasosiego

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¿Quiénes éramos? ¿Seríamos dos o dos formas en uno mismo? Ni lo sabíamos ni lo preguntábamos. Un sol, aunque fuera escaso, debía existir, pues no era noche en el bosque. Un fin ralo debía existir, pues seguíamos caminando. Un mundo cualquiera debía existir, pues existía un bosque. Nosotros, sin embargo, permanecíamos ajenos a lo que existía o pareciera existir, caminantes unísonos e interminables sobre las hojas muertas, oyentes anónimos e imposibles de las hojas que caen. Nada más. Un susurro ora brusco ora suave de viento desconocido, un murmullo ora bajo ora alto de las hojas presas, una coyena, una duda, un propósito cumplido, una ilusión que no fue —el bosque, los dos caminantes y yo, yo, que no sé cuál de ellos sería o si era ambos dos, o ninguno, asistí sin que viese su final, a la tragedia de no ser más que el otoño y el bosque y el viento brusco e incierto, y las hojas caídas o cayendo. Y todo el rato con la certeza de que afuera había un sol y un día, y se veía con claridad, sin objeto ninguno, en el silencio rumoroso del bosque.

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La espada de un relámpago tibio se abatió sombríamente por el cuarto grande. Y el sonido que vino, suspenso en un aliento amplio, retumbó, emigrando profundo. El ruido de la lluvia gimió con fuerza, como plañideras entre conversaciones. Los pequeños sonidos se destacaron aquí dentro, inquietos.


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