Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Cuántas veces yo mismo, que me río de las tales seducciones de la distracción, me encuentro suponiendo que estaría bien ser célebre, que sería agradable recibir mimos, que sería bonito ser un triunfador, pero no consigo verme en esos papeles culminantes si no es con una carcajada del otro yo que siempre está próximo a mí, como una calle de la Baixa. ¿Me veo como una celebridad? Me veo una celebridad en tanto que contable. ¿Me siento encumbrado a los tronos de la fama? El caso es que estoy en una oficina de la Rua dos Douradores y los muchachos son un obstáculo. ¿Me siento ovacionado por multitudes varias? El aplauso llega hasta el cuarto piso donde vivo y choca con los muebles toscos de mi cuarto barato, con lo vulgar que me rodea y me empequeñece desde la cocina al sueño. Ni siquiera he tenido frívolos castillos en España, como los grandes españoles de todas las ilusiones. Los míos fueron de naipes, viejos, sucios, de una baraja incompleta con la que no podría jugar nunca más; no se cayeron, sino que fue preciso destruirlos con un gesto de la mano, en un impulso impaciente de vieja criada, que quería arreglar la mesa con el mantel que arrastra de un lado, porque la hora del té ha llegado como una maldición del Destino; pero incluso ésta es una visión vacía, pues ni siquiera tengo una casona provinciana ni unas tías viejas, en cuya mesa tomo, como en el final de una noche familiar, un té que me sepa a descanso. Mi sueño ha fracasado hasta en las metáforas y en las figuraciones. Mi imperio ni siquiera llegó a mis viejos naipes. Mi victoria ha naufragado sin una mísera tetera, ni un gato antiquísimo. Moriré como he vivido, entre el bric-à-brac de los alrededores, apreciado a peso por los post scriptum perdidos.