Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Porte al menos, para la inmensa posibilidad del abismo de todo, la gloria de mi desaliento como si fuese la de un gran sueño, el esplendor de no creer como un estandarte de derrota —estandarte en manos débiles, pero estandarte arrastrado por entre el fango y la sangre de los débiles, pero puesto en lo alto al sumirnos en las arenas movedizas, ninguno sabe si como protesta, como desafío o como gesto desesperado. Nadie sabe, puesto que nadie sabe nada y las arenas sumergen tanto a los que tienen estandartes como a los que no. Y las arenas lo engullen todo, mi vida, mi prosa, mi eternidad.
Llevo conmigo la conciencia de la derrota como un estandarte de victoria.
Fijándome a veces en el trabajo literario abundante o al menos hecho de materiales extensos o completos, de tantas criaturas que conozco o sé, siento en mí una envidia incierta, una admiración despreciativa, una mezcla incoherente de sentimientos mezclados.
Hacer algo entero, completo, ya sea bueno o malo —y si nunca es enteramente bueno, muchas de las veces no es enteramente malo—, sí, acabar algo, quizás me cause más envidia que cualquier otro sentimiento. Es como un hijo, imperfecto como cualquier ser humano, pero el nuestro es siempre como deben ser los hijos.