Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Lo se, lo sé… La verdad es que es la hora del almuerzo, del descanso o de la parada. Todo va estupendamente en la superficie de la vida. Yo mismo duermo, aunque esté inclinado sobre el alféizar, como si fuese la borda de un barco sobre un paisaje nunca visto. Yo mismo dejo de cavilar, como si estuviese en provincias. Y, de golpe, otra cosa me surge, me envuelve, manda sobre mí: veo, más allá del mediodía de la ciudad, toda la vida en su discurrir; veo la gran felicidad estúpida de la vida doméstica, la gran felicidad estúpida de la vida en el campo, la gran felicidad estúpida del sosiego en la sordidez. Lo veo porque lo veo. Pero no lo he visto y despierto. Miro alrededor, sonriendo y, antes de nada, me sacudo los codos de la chaqueta desgraciadamente oscura, el polvo de la baranda que nadie ha limpiado, ignorando que un día cualquiera, en cualquier momento, habría de ser la borda inmaculada de un barco sin polvo que hace un crucero infinito.
Organizar nuestra propia vida, de forma que resulte para los demás un misterio, que quien mejor nos conozca, apenas nos desconozca más cercanamente que los demás. Así he ido tallando mi vida, casi sin pensar en ello, pero le he puesto tanto instintivo arte, que hasta para mí mismo he sido una no del todo clara y nítida individualidad mía.