Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Guardo del poco tiempo que me quedé en ese exilio de la agudeza mental un recuerdo de buenos ratos y de humor franco, de muchos momentos monótonos y tristes, de algunos perfiles recortados en la nada, de algunas señas a las azarosas criadas y, en resumen, un tedio de náusea física y la memoria de algunos chistes graciosos.
Se intercalaban en ellos, como espacios, unos hombres de más edad, algunos con dichos ya manidos, que hablaban tan mal como los otros y de las mismas personas.
Nunca hasta entonces sentí tanta simpatía por los subalternos de la gloria pública, que cuando los he visto criticados por estos insignificantes que no se conformaban con tan pobre fama. Reconocí la razón del triunfo porque los parias de la Grandeza triunfaban en relación a ellos y no en relación a la humanidad.
Pobres diablos, muertos de hambre —con hambre de almuerzo o con hambre de celebridad, o con hambre de los postres de la vida—. Quien los ve y quien no los conoce, cree estar escuchando a los maestros de Napoleón o a los instructores de Shakespeare.