Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Las grandes melancolías, las tristezas llenas de hastío, no pueden existir más que en un ambiente confortable y de sobrio lujo. Por eso el Egeus de Poe, concentrado horas y horas en una absorción enfermiza, lo hace en un viejo y ancestral castillo, donde más allá de las puertas del salón donde dormita la vida, mayordomos invisibles le administraban la casa y la comida.
Los grandes sueños requieren de ciertas circunstancias sociales. Un día, obnubilado por cierto movimiento rítmico y enfermo de lo que escribí, me acordé de Chateaubriand, pero no tardé en percatarme de que yo no era vizconde, ni tan siquiera bretón. Otra vez que creí sentir, en el mismo sentido, una semejanza con Rousseau, tampoco tardé en darme cuenta de que, no habiendo tenido el privilegio de ser noble o dueño de un castillo, tampoco lo tenía de ser suizo o vagabundo.
Pero, en fin, también hay universo en la Rua dos Douradores. También aquí Dios concede que no falte el enigma de vivir. Y por esa razón, si son pobres, como el paisaje de carros y cajones, los sueños que consigo arrancar de entre las ruedas y las tablas son lo único que tengo, y lo que puedo tener.