Libro del desasosiego
Libro del desasosiego En alguna otra parte, sin duda, residen los atardeceres. Pero incluso desde este cuarto piso de la ciudad, se puede pensar en el infinito. Un infinito con almacenes en los bajos, es cierto, pero con estrellas al final… Es lo que se me ocurre, en este fin de tarde, en la ventana alta, en la satisfacción del burgués que no soy y en la tristeza del poeta que nunca llegaré a ser.
No subordinarse a nada —ni a un hombre ni a un amor, ni a una idea, mantener esa independencia remota que consiste en no tener que creer en la verdad, ni dado el caso, en la utilidad de su conocimiento—, tal es el estado en el que, me parece, debe discurrir para consigo mismo la vida íntima intelectual de los que no viven sin pensar. Pertenecer a algo, he aquí la banalidad. Credo, ideal, mujer