El Satiricón

El Satiricón

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80. Yo creía que me gastaba una broma en el instante de partir. Pero él desenvainó la espada con mano homicida: «No ha de ser tuya —dice— esta presa sobre la que pretendes recostarte exclusivamente tú. La mitad ha de ser mía, aunque tenga que cortarla con mi espada 2 para vengar vuestro desaire.» Hice exactamente como él: enrollé mi manto al brazo y me puse en guardia. 3 Ante esta deplorable locura, el infortunado chiquillo abrazaba llorando nuestras rodillas y nos suplicaba con insistencia que no convirtiéramos aquella humilde posada en una nueva Tebas, ni profanáramos, degollándonos mutuamente, los lazos sagrados de 4 la más ilustre amistad. «Si a todo trance —proclamaba— queréis un crimen, aquí está mi cuello al desnudo: descargad aquí vuestros golpes, hundid aquí vuestros puñales. Soy yo quien debo morir, yo que he roto vuestro 5 juramento de amistad.» Envainamos la espada ante tales ruegos, y Ascilto se adelantó a hablar: «Voy a poner fin a nuestra discordia. Que Gitón siga a quien quiera, dejémosle al menos la libertad de elegir al hermano 6 que guste.» Yo me figuraba que unas relaciones tan antiguas como las nuestras constituían ya un lazo de consanguinidad. No puse el menor reparo; al contrario, acepté al vuelo la propuesta y dejé la decisión en manos del juez. Él, sin deliberar, sin aparentar la menor duda, apenas había yo terminado de hablar, se 7 levantó al punto y eligió a Ascilto por hermanito. Fulminado por este veredicto, tal como estaba, me dejé caer desarmado sobre la cama, y hubiera atentado contra mi propia vida de no haber mediado el temor 8 de contribuir así al triunfo de mi enemigo. Ascilto sale, orgulloso, con su trofeo, y deja plantado, en tierras extrañas, al que había sido hasta aquel instante su mejor amigo, su inalterable compañero de penas y fatigas.


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