El Satiricón

El Satiricón

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No debo felicitarme, sin embargo. Pues cuando me 9 rindió el vino y se soltaron mis ebrios brazos, Ascilto, inventor siempre a punto de las malas jugadas, me arrebató en la oscuridad al chiquillo y lo pasó a su cama. Retozando a sus anchas con un amante que no le pertenecía (sin que éste se diera cuenta de la ofensa o aparentando no dársela), se quedó dormido en un abrazo adúltero con desprecio de todos los derechos humanos. Así, pues, al despertarme y explorar a tientas 10 mi lecho, vi que me habían robado mi felicidad (si hay que creer en la fidelidad de los amantes).

Yo sentí la tentación de atravesar a ambos con la espada y prolongar su sueño en brazos de la muerte. Luego, optando por una solución más prudente, desperté 11 a latigazos a Gitón y, clavando sobre Ascilto una mirada rabiosa, le digo: «Puesto que con tu crimen has violado la palabra dada y nuestra común amistad, recoge lo antes posible tus bártulos y busca otro escenario a tu inmundicia.»

Ascilto no replicó, sino que, después de repartirnos 12 con la mayor lealtad nuestros despojos: «¡Bueno —dice—, ahora repartámonos también al muchacho!»



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