81. No di demasiado tiempo rienda suelta a las lágrimas. Por temor, entre otros contratiempos, a que llegara Menelao, nuestro profesor ayudante, y me encontrara a mi solo en la posada, recogí mis bártulos y me fui con mi tristeza a un lugar retirado a orillas del mar. Allí permanecí oculto durante tres días, rumiando 2 en mi corazón mi soledad y mi fracaso; me hería el pecho cansado de llorar, y, entre tantos y tan hondos sollozos, exclamaba una y otra vez: «¿Por qué 3 no me habrá tragado la tierra en una sacudida sísmica? ¿Ni el mar que descarga su ira hasta sobre los inocentes? ¿Habré escapado a la justicia, me habré salvado de la arena del circo, habré matado a un huésped, para acabar, con tantos títulos heroicos, como un mendigo y un desterrado que vegeta en la soledad de una posada en una ciudad griega? Y ¿quién me ha reducido a 4 este confinamiento? Un joven inmundo, cargado de vicios, digno del destierro, según su propia confesión; un joven que compró la libertad con el estupro, que es libre por estupro, que vendió su juventud por un vale, y se alquiló como mujer a quien conocía su identidad de hombre. ¿Y qué diremos del otro? El día de tomar 5 la toga viril se puso una estola de señora; se dejó convencer por su madre de que no era hombre; desempeñó tareas femeninas en un calabozo de esclavos; y, después de armar un escándalo y cambiar el escenario de su liviandad, olvidó hasta el nombre de un viejo amigo y (¡qué vergüenza!) cual mujer veleidosa, vendió todo lo suyo por una sola noche de prostitución. Ahora, los 6 dos amantes pasan en estrecho abrazo noches enteras, y tal vez uno y otro, en el agotamiento del placer, se ríen de mi soledad. Pero me la han de pagar. Pues si soy hombre, si soy hombre libre, he de lavar mi ultraje en su sangre criminal.»