82. Dicho esto, ciño la espada, y para que mi debilidad no hiciera fracasar la expedición, repongo fuerzas con comida abundante. Luego, salto a la calle y, como 2 loco, recorro todos los pórticos. Extraviada y desencajada la mirada, yo no soñaba sino muerte y sangre, echaba a cada paso mano a la espada, por la que había jurado vengarme; en esto llamé la atención de un soldado, sin duda un desertor o un maleante nocturno: 3 «Oye, camarada —me dice—, ¿a qué legión perteneces?, ¿a qué centuria?» Con el mayor aplomo le inventé un centurión y una legión. «¿Cómo? —replica el otro—, 4 ¿calzan de blanco los soldados de tu ejército?» En esto, como mi expresión y mi nerviosismo dejaran traslucir la impostura, me mandó deponer las armas y ponerme en guardia. Desarmado, pues, mejor dicho, cortadas las alas de mi venganza, me dirijo a la posada; poco a poco se calma mi temeridad y acabo dando gracias a aquel vagabundo por su audacia.
5 No puede beber en medio de las aguas ni puede coger la fruta que cuelga de los árboles el infortunado Tántalo, aunque le apremia el ansia. He ahí el símbolo del rico poderoso. Acumula sin fin: tiene miedo y en su boca ardiente mastica hambre.
6 No hay que poner demasiada confianza en los propios proyectos, pues también la Fortuna tiene sus designios.