83. Llegué a una sala de pintura con maravillosos cuadros de diversos estilos. Admiré la mano de Zeuxis en aquellas de sus tablas que la injuria del tiempo no había logrado todavía destruir; también vi bocetos de Protógenes, que competían en realismo con la propia naturaleza y que yo no podía tocar sin sentir cierto sobrecogimiento. Adoré también a la diosa de Apeles 2 que los griegos llaman Monocnema[84]. El contorno de las figuras destacaba con tal primor y naturalidad, que las figuras parecían tener vida. Por un lado, un águila 3 planeaba en el cielo llevándose al escanciador del Ida; por otro lado, el inocente Hylas rechazaba a una Náyade impúdica. Apolo maldecía su brazo asesino[85] y adornaba con un capullo entreabierto su lira por tensar. También había unos cuadros con figuras de enamorados; 4 yo, como si estuviera solo, exclamé: «Así, pues, hasta los dioses se enamoran. Júpiter no halló en todo su cielo el objeto de su amor; por eso bajó a la tierra a satisfacer su pasión, pero sin perjudicar a nadie. La Ninfa que raptó a Hylas hubiera dominado su pasión 5 si hubiera pensado que Hércules vendría a reclamar sus derechos sobre ese joven. Apolo hizo revivir en una flor la sombra del joven Jacinto; y todas las fábulas están llenas de amores sin rivalidades. Pero yo 6 admití como socio de mi vida a un huésped más cruel que Licurgo.»