Mientras yo lanzaba así mis quejas al viento, he 7 aquí que entra en la sala de pinturas un anciano de blanca cabellera, cuyo rostro reflejaba la angustia y quería aparentar cierto aire de grandeza; su aspecto externo no era muy distinguido, y por lo tanto se trataba evidentemente de uno de esos escritores que se 8 atraen la antipatía de los ricos. Ese individuo se detuvo, pues, a mi lado.
«Soy un poeta —me dice—, y de no poca inspiración, me parece, si algo significan las coronas, aunque con frecuencia el favoritismo las conceda también a la mediocridad. 9 ‘Y entonces —me dirás—, ¿por qué vas tan mal vestido?’ Precisamente por eso. El amor al arte nunca ha enriquecido a nadie.
10 »Quien confía en el mar, hace fortuna. Quien sienta plaza en los campamentos militares se forra de oro. El vil adulador disipa su embriaguez descansando sobre púrpura bordada. Quien seduce a las casadas recibe un premio por su adulterio. Sólo la elocuencia tirita de frío entre harapos y con la voz de la pobreza clama en el desierto de las artes.