El Satiricón

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88. Reanimado por esas palabras, me dirigí a mi mentor para preguntarle el siglo de aquellas pinturas y el tema de ciertos cuadros que yo no entendía; también le pregunté a qué atribuía la decadencia actual, la desaparición de las bellas artes y en particular de la pintura, de la que no subsistía el menor vestigio. 2 Contestó así: «Es el ansia del dinero lo que ha producido el cambio. Antaño, en efecto, cuando se apreciaba el mérito al desnudo, florecían las artes liberales y había una reñidísima competencia entre los hombres por divulgar pronto los descubrimientos útiles a la humanidad. 3 Por eso Demócrito[87] logró extraer la esencia de cada planta y se pasó la vida haciendo experiencias para descubrir la virtud de los minerales y vegetales. 4 Eudoxo envejeció en la cumbre de una altísima montaña para captar los movimientos de los astros en el cielo; y Crisipo, para excitar su inventiva, purificó 5 su mente por tres veces con eléboro. Y, para volver a las artes plásticas, Lisipo se murió de inanición, absorto en el esbozo de una estatua insuperable; y Mirón, cuyos bronces traslucían en cierto modo hasta el alma de los personajes y de las fieras que esculpía, 6 no encontró sucesor. Pero nosotros, sumergidos en vino y crápula, ni siquiera tenemos el valor de estudiar la producción artística del pasado, sino que, detractores de la Antigüedad, tan sólo enseñamos y estudiamos sus 7 vicios. ¿Dónde está la dialéctica? ¿Dónde la astronomía? ¿Dónde el camino tan trillado de la sabiduría? ¿Quién entra nunca en un templo y hace voto por alcanzar la elocuencia? ¿Quién busca asimismo la fuente 8 de la filosofía? Ya ni siquiera se pide la salud física o moral, sino que apenas se pisa el umbral del Capitolio, uno pone por condición de su ofrenda el entierro de un pariente rico; otro, el descubrimiento de un tesoro; otro, el logro, sano y salvo, de treinta millones de sestercios. El mismo senado, maestro de rectitud y bondad, 9 suele prometer mil libras de oro al Capitolio: esto es, para que nadie tenga reparos en correr tras el dinero, intenta con su dinero conciliarse al propio Júpiter. No te extrañe pues ya que la pintura haya decaído, 10 cuando los dioses, como los hombres, todo el mundo ve más arte en un lingote de oro que en cualquier obra maestra de esos pobres maniáticos griegos llamados Apeles o Fidias.


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