El Satiricón

El Satiricón

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87. «Aunque con mi deslealtad me había cerrado la puerta que tenía abierta, pude ganar su confianza otra vez. Pasados unos días, como unas circunstancias análogas nos habían colocado ante la misma oportunidad, en cuanto oí roncar al padre empecé a suplicar al chiquillo que se reconciliara conmigo, es decir, que accediera a dejarse querer; usé todos los argumentos que dicta una vehemente pasión. Pero él, muy enfadado, 2 no hacía más que repetir: ‘¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a mi padre!’ No hay obstáculo que la tenacidad 3 no logre derribar. Mientras él seguía repitiendo que despertaría a su padre, yo me deslicé a su lado y, aunque aparentaba resistirse, conquisté la felicidad que me negaba. No le disgustó del todo mi descaro y, después 4 de quejarse ampliamente de que yo lo hubiese engañado, burlado y ridiculizado ante sus compañeros a quienes él había hecho grandes elogios de mi generosidad: ‘Para que veas (dice) que no soy como tú: si quieres 5 vuelve a empezar.’ Así, pues, olvidando todo resentimiento, 6 me reconcilié con el chiquillo, aproveché sus complacencias y me dejé caer dormido. Aún no quedaba 7 satisfecho aquel joven en plena forma y especialmente inclinado a la pasividad. Me sacó, pues, de mi sopor: ‘¿Quieres algo más de mí?’, dice. Aún no me 8 era desagradable del todo la oferta. Como pude, entre suspiros y sudores, accedí a su petición y, agotado de felicidad, me quedé nuevamente dormido. Menos de 9 una hora más tarde, empezó a pellizcarme de nuevo, diciendo: ‘¿Por qué no repetimos?’ Harto ya de que me 10 despertara tantas veces, exploté enfurecido y volví contra él sus propias palabras: ‘Duerme, o se lo digo a tu padre ahora mismo’».


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