18. Tras esta súplica se deshizo otra vez en lágrimas, apoyando sobre mi lecho el rostro y busto entre 2 largos suspiros y sollozos. Yo, bajo la impresión simultánea de la compasión y del miedo, la exhorto a animarse y a no pensar más en su doble preocupación: 3 pues ninguno de nosotros divulgaría sus misterios y, además, si un dios le había indicado algún otro remedio para su terciana, nosotros estábamos dispuestos a secundar la divina providencia hasta exponiendo la propia 4 vida. Se puso muy contenta con esta promesa, me besó con mucha efusión y, pasando de las lágrimas a la risa, acarició suavemente con su mano los mechones 5 de pelo que me colgaban tras la oreja y añadió: «Establezco una tregua con vosotros, desisto del pleito que os tenía planteado. Pero si no hubierais accedido a darme el remedio que solicito, ya tenía a punto para mañana un pelotón encargado de vengar mi oprobio y restablecer mi honra:
6 »Sentirse despreciado es vergonzoso; dar leyes es motivo de orgullo. Tengo a pecho el poder seguir libremente el camino que me plazca. Hasta el sabio plantea conflictos cuando se ve despreciado. El que no se encona suele salirse con la suya.»
7 Luego, de repente, se puso a aplaudir y a reír de tal manera que nos quedamos asustados. Lo mismo hizo la sirvienta que la había precedido, y lo mismo la doncellita que la había acompañado al entrar.