19. Toda la estancia resonaba al son de aquellas risas estudiadas, y aún ignorábamos el motivo de aquel cambio de humor tan instantáneo. Fijábamos sucesivamente nuestra mirada inquisidora en nuestros propios compañeros y en aquellas mujeres.
«En consecuencia, he dado la orden de no admitir 2 hoy a nadie, absolutamente a nadie, en esta hospederÃa: asà podré recibir sin molestias de ninguna clase el tratamiento que vais a darme para mi terciana.» Al oÃr 3 estas palabras de Cuartila, Ascilto quedó perplejo unos instantes; por mi parte, más helado que un invierno de las Galias, tampoco pude proferir una sola palabra. No obstante, al considerar la compañÃa, no podÃa ver 4 demasiado negra la situación. Por un lado habÃa efectivamente tres mujercitas, por demás endebles en caso de intentar algo; por nuestra parte éramos también tres, que por lo menos éramos del sexo fuerte y, en todo caso, estábamos dispuestos a cualquier eventualidad. Más todavÃa: yo ya habÃa apareado las fuerzas 5 por si era preciso dar la batalla: yo harÃa frente a Cuartila, Ascilto a la sirvienta y Gitón a la doncellita.
En aquel instante se derrumbó toda nuestra fortaleza; 6 quedamos atónitos, y la muerte, que parecÃa insoslayable, empezó a velar con su sombra nuestros desventurados ojos.