22. Como Ascilto, agobiado por tantos contratiempos, se caía de sueño, aquella sirvienta que había sufrido sus desplantes le untó toda la cara con grandes manchas de hollín y, sin que él se diera cuenta en su estado de sopor, le entiznó también los labios y la espalda. 2 Yo, tan rendido como él y por los mismos percances, había empezado a saborear el sueño; y toda la comparsa, tanto dentro como fuera, hacía otro tanto: unos yacían desperdigados al pie de los convidados; otros, apoyados en las paredes; otros se habían quedado en el mismo umbral de la puerta con las cabezas recostadas 3 una sobre otra. Las lámparas, faltas ya de aceite, derramaban también ellas un tenue y último resplandor, cuando entraron en la sala dos esclavos sirios para escamotear una botella. Cuando se la disputan ávidamente entre la vajilla de plata, la rompen 4 por estirar cada uno en sentido opuesto. También volcó la mesa con la vajilla, y al caer de bastante altura una copa sobre el lecho donde dormía la sirvienta, por poco no le rompe la cabeza. El golpe le hizo chillar: gracias a eso se descubrió a los ladrones y se despertaron 5 parte de los borrachos. Los dos sirios que habían entrado a robar, al verse sorprendidos, se dejaron caer al pie de la mesa tan al unísono como si lo hubieran tenido previsto, y se pusieron a roncar como si llevaran horas durmiendo.