6 Ahora, despabilado ya el maestro de ceremonia, había echado aceite a las lámparas moribundas, y los esclavos, después de frotarse un poco los ojos, se habían reintegrado al servicio; en esto entra una instrumentista que al ruido metálico de sus platillos acabó de despertarnos a todos.
23. Se reanudó, pues, el banquete y una vez más Cuartila nos invitó a beber: al son de los platillos se acentuaba su alborozo de bacante.
Entra entonces un indecente bailarín, la persona más 2 insulsa del mundo y muy digno cliente de aquella casa. Tras unas palmadas de sus manos dislocadas y unos profundos suspiros, declamó un poema como éste:
Aquí, acudid aquí en seguida, alegres maricones; 3 apresurad el paso, venid corriendo, venid al vuelo, con vuestras piernas delicadas, con vuestras manos tentadoras; ¡oh ternura la vuestra, oh veteranía del amor, oh castrados de Delos!
Tras recitar sus versos, me escupió el más infecto 4 de los besos. Luego, se instaló en mi lecho y, desplegando todo su vigor, venció mi resistencia y me arrancó las vestiduras. Me molió las ingles de mil maneras sin 5 resultado alguno. Por su frente sudorosa caían arroyos de esencias y entre las arrugas de sus mejillas se veía tal cantidad de pasta, que aquello parecía una pared desconchada y a punto de derrumbarse bajo un aguacero.