24. No pude contener por más tiempo mis lágrimas y, reducido al colmo de la desesperación, le digo: «¿No habías prometido, señora, darme un embasiceto?»[8]. Se puso ella a aplaudir con cierta dulzura, diciendo: 2 «¡Oh, qué hombre tan agudo! ¡La gracia inagotable de esta tierra! ¿Cómo? ¿No sabías que embasiceto quiere decir íncubo?» Luego, para que mi 3 colega no saliera mejor parado que yo: «Me remito a vuestra rectitud de conciencia —les digo—; ¿ha de ser Ascilto el único en la sala libre de servicio?» «Bueno 4 —replica Cuartila—, que le den también a Ascilto el embasiceto.»
Ante esta orden, el íncubo cambia de montura y salta sobre mi compañero, a quien tritura con sus apretones y besos.
5 Gitón, entretanto, se había puesto en pie y reventaba de risa. Cuartila le echó el ojo y con el mayor interés preguntó a quién pertenecía aquel muchacho. Le dije 6 que era mi hermanito: «Entonces —replica—, ¿por qué no me ha besado?» Y, llamándolo a su lado, le aplicó 7 un beso. Luego, introduciendo su mano bajo la ropa de Gitón y manoseando a aquel inexperto mancebo, dice: «Mañana esgrimirá amablemente sus armas como anticipo de mis delicias; hoy, después de un banquete regio, no quiero un plato vulgar.»