28. Sería prolijo enumerar todas sus singularidades. Entramos, pues, al balneario. Estuvimos un momento al calor del sudadero y salimos al agua fría. Ya Trimalción, todo inundado de perfumes, se estaba 2 secando, pero no con paños corrientes, sino con toallas de la más fina lana. Mientras tanto, tres masajistas bebían 3 vino de Falerno en su presencia, y, al pelearse por él, lo desparramaban en abundancia: «Es mío —decía Trimalción—, y lo beben a mi salud.» Luego, envolvieron 4 al señor en una manta escarlata y lo colocaron en una litera: ante ella desfilaban cuatro corredores con ricos y llamativos collares, y un carretón en el que iban los amores de Trimalción, es decir, un mancebo ya entrado en años, legañoso y más repulsivo que su propio dueño. Ya en marcha, se le acercó al respaldo un músico 5 con unas flautas en miniatura y, como si confiara al oído algún secreto, le fue entonando canciones durante todo el trayecto.
Nosotros seguimos su marcha, harto maravillados, 6 y con él llegamos a la puerta, en cuyo montante había un letrero con esta inscripción:
«TODO ESCLAVO QUE SALGA A LA CALLE SIN PERMISO DEL 7 DUEÑO RECIBIRÁ CIEN LATIGAZOS.»