El Satiricón

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33. Luego, cuando se hubo mondado los dientes con un hilillo de plata, dijo: «Amigos míos: por mi gusto aún no hubiera venido al comedor, pero por no retrasarme demasiado y haceros esperar más, he sacrificado toda complacencia conmigo mismo. No obstante, 2 vais a permitirme terminar mi partida.» Tras él llegaba un esclavo con un tablero de terebinto y unos dados de cristal. Observé un detalle que es ya el colmo del refinamiento: en lugar de piedrecitas blancas y negras 3 como peones, usaba denarios de oro y plata. Y mientras él, continuando la partida, agotaba el léxico de todos los tejedores y nosotros saboreábamos todavía los entremeses, he aquí que nos traen un azafate donde había una gallina de madera, con las alas desplegadas en círculo, en la postura que suelen adoptar para incubar 4 sus huevos. Se acercaron en seguida dos esclavos y, a los agudos acentos de una melodía, empezaron a escarbar en la paja, de donde sacaron huevos de pavo 5 y los repartieron a los convidados. Trimalción se volvió ante este cuadro, diciendo: «Amigos míos: son huevos de pavo que yo mandé echar a una clueca. Y, por Hércules, me temo que estén ya empollados. Probemos, 6 no obstante, a ver si aún se pueden tomar.» Nos pasan unas cucharas que no pesaban menos de media libra cada una, y rompemos los huevos, que resultaron ser 7 obra de pastelería. Yo estuve a punto de tirar mi ración, 8 pues me parecía ver ya formado el pollito. Pero oí a un veterano comensal de la casa comentar: «Aquí dentro ha de haber algún bocado exquisito.» Seguí, pues, ya a mano, quitando cáscara y me encontré con un papafigo rebozado con yema de huevo y pimienta.


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