El Satiricón

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34. Ya Trimalción, después de dejar el juego, se había hecho servir de todo y, con su voz sonora, nos había autorizado a repetir, si alguien quería más vino con miel, cuando de pronto la orquesta da la señal y desaparecen los entremeses en manos de un coro de cantores. En el bullicio, un plato de postre se le fue 2 accidentalmente de la mano a un esclavo, que intentó recogerlo del suelo. Trimalción, que se dio cuenta de ello, mandó abofetear al esclavo y tirar otra vez aquel plato. Apareció en seguida el encargado de la limpieza 3 y se puso a barrer la plata con los demás desperdicios. Inmediatamente después entraron dos etíopes, de larga 4 cabellera, con unos pequeños odres, como los que sirven para regar la arena del anfiteatro: nos echaron vino en las manos, pues allí nadie ofrecía agua.

Se felicitó al dueño de la casa por esas finuras: 5 «Marte —dice Trimalción— ama la igualdad. Por eso he mandado que a cada uno se asignara una mesa. De paso, esos esclavos tan malolientes, al estar menos hacinados, nos darán menos calor.»





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