1. «… ¿No será una nueva especie de Furias lo que atormenta a nuestros declamadores? Oídlos recitar: ‘¡Estas heridas las he recibido por la libertad del pueblo! ¡Este ojo lo he sacrificado por vosotros! ¡Dadme un guía, que me conduzca junto a mis hijos, pues los tendones de mis pantorrillas[1] han sido seccionados y no pueden sostener el peso de mi cuerpo’! Aún este 2 énfasis sería tolerable si abriera el camino a futuros oradores. Ahora estos temas grandilocuentes y estas frases tan huecas como altisonantes sólo logran un resultado: que los jóvenes, al llegar al foro, se crean transportados a un nuevo mundo[2]. Y así, según mi opinión, 3 la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate por no ver ni oír en las aulas nada de lo que es realmente la vida. Tan sólo se les habla de piratas con cadenas apostados en la costa, de tiranos redactando edictos con órdenes para que los hijos decapiten a sus propios padres, de oráculos aconsejando con motivo de una epidemia que se inmolen tres vírgenes o unas cuantas más; las palabras y frases se recubren de mieles y todo —dichos o hechos— queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo.