2. »Los que se educan en este ambiente son tan incapaces de tener buen gusto como los cocineros de 2 tener buen olfato. Permítaseme, oh retóricos, afirmar con vuestra venia que, ante todo, sois vosotros quienes habéis echado a perder la elocuencia. Al reducirla a una música ligera y vana, a una especie de entretenimiento, habéis convertido el discurso en un cuerpo 3 sin nervio, sin vida. La juventud no se entretenía en declamaciones cuando Sófocles o Eurípides crearon la 4 lengua en que debían expresarse. El maestro a la sombra de su escuela no había asfixiado todavía el genio cuando Píndaro y los nueve líricos[3] renunciaron a 5 cantar en el ritmo homérico. Y para no invocar ya tan sólo el testimonio de los poetas, tampoco veo, por cierto, que Platón ni Demóstenes hayan acudido a esa 6 clase de ejercicios. La noble y —permítaseme la expresión— púdica elocuencia no admite aderezos ni redundancias, pero se yergue esbelta en su natural 7 belleza. Últimamente, de Asia ha pasado a Atenas esta verbosidad hueca y desmedida; cual astro maligno, ha asolado el alma de nuestra juventud y sus aspiraciones de grandeza; entonces la elocuencia, al ver falseadas sus normas, detuvo su marcha y enmudeció.