»Para resumir, ¿quién desde entonces ha alcanzado 8 una fama comparable a la de un Tucídides o un Hiperides? Ni la misma poesía ha recobrado su brillante y sano aspecto; al contrario, entre todas las manifestaciones del arte, envenenadas en cierto modo por el mismo manjar, ninguna pudo alcanzar las canas de la longevidad. Hasta la pintura ha corrido la misma triste 9 suerte desde que la audacia egipcia tuvo la ocurrencia de condensar en reglas los principios de un arte tan ilustre.»
3. Agamenón no pudo tolerar que mi declamación bajo el pórtico se alargara más que sus propias y sudorosas sesiones en la escuela: «Muchacho —me dijo—, puesto que tu lenguaje está reñido con las aficiones del público y puesto que, como caso totalmente excepcional, cultivas el sentido común, te voy a revelar los secretos de nuestro arte. En el fondo, los maestros no 2 tienen la menor culpa en lo que atañe a los ejercicios declamatorios: ellos se ven en la necesidad de ponerse a tono con los insensatos. Pues si sus lecciones no gustaran a la juventud, ‘se quedarían solos en sus escuelas’, como dice Cicerón.