Crátilo
Crátilo HERMÓGENES. —Respecto a mÃ, mi querido Sócrates, después de muchas discusiones con nuestro amigo y con muchos otros, no puedo creer que los nombres tengan otra propiedad, que la que deben a la convención y consentimiento de los hombres. Tan pronto como alguno ha dado un nombre a una cosa, me parece que tal nombre es la palabra propia; y si, cesando de servirse de ella, la reemplaza con otra, el nuevo nombre no me parece menos propio que el primero. Asà es que, si el nombre de nuestros esclavos lo sustituimos con otro, el nombre sustituido no es menos propio que lo era el precedente. La naturaleza no ha dado nombre a ninguna cosa; todos los nombres tienen su origen en la ley y el uso; y son obra de los que tienen el hábito de emplearlos. Si este es un error, estoy dispuesto a instruirme, y a tomar lecciones, no solo de Crátilo, sino de todo hombre entendido, cualquiera que él sea[6].
SÓCRATES. —Quizá dices verdad, querido Hermógenes. Examinemos el punto. ¿Basta que dé uno un nombre a una cosa, para que este nombre sea el de esta cosa?
HERMÓGENES. —Asà me lo parece.
SÓCRATES. —¿Y es indiferente que esto lo haga un particular o un Estado?
HERMÓGENES. —Es indiferente.
