Dialogos I
Dialogos I —Claro que le conozco —dije—. Ya entonces no hacÃa mala impresión, ¡y era un niño! ¡Conque ahora que debe de ser todo un mozo…!
—Ya verás cómo se ha puesto.
Apenas habÃa acabado de decir esto cuando Cármides entró.
Por lo que a mà respecta, amigo mÃo, soy mal punto de comparación. En relación con bellos adolescentes soy «un cordel blanco»,[8] porque casi todos, en esta edad, me parecen hermosos. Ahora bien, realmente, éste me pareció maravilloso, por su estatura y su prestancia. Y ctuve la impresión de que todos los otros estaban enamorados de él. Tan atónitos y confusos se hallaban cuando entró. Otros muchos admiradores le seguÃan. Estos sentimientos, entre hombres maduros como nosotros, eran menos extraños, y, sin embargo, entre los jóvenes me di cuenta de que ninguno de ellos, por muy pequeño que fuera, miraba a otra parte que a él, y como si fuera la imagen de un dios.d
Y Querefonte, llamándome, me decÃa:
—¿Qué te parece el muchacho? Sócrates, ¿no tiene un hermoso rostro?
—Extraordinario —le contesté.
—Por cierto que, si quisiera desnudarse, ya no te parecerÃa hermoso de rostro. ¡Tan perfecta y bella es su figura!