Dialogos I

Dialogos I

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—Y tú —le dije—, ¡por los dioses!, ¿no te avergonzarías de presentarte a los griegos como sofista?

—Sí, ¡por Zeus!, Sócrates, si tengo que decir lo que pienso.

—Pero tal vez, Hipócrates, opinas que tu aprendizaje de Protágoras bno será de ese tipo, sino más bien como el recibido del maestro de letras, o del citarista, o del profesor de gimnasia, de quienes tú aprendiste lo respectivo a su arte, no para hacerte profesional, sino con vistas a tu educación, como conviene a un particular y a un hombre libre.

—Exactamente; desde luego me parece —dijo— que es algo por el estilo mi aprendizaje de Protágoras.

—¿Sabes, pues, lo que vas a hacer, o no te das cuenta? —dije.

—¿De qué?

—Que vas a ofrecer tu alma, para que la cuide, a un hombre que ces, según afirmas, un sofista. Pero qué es un sofista, me sorprendería que lo sepas. Y si, no obstante, desconoces esto, tampoco sabes siquiera a quién entregarás tu alma, ni si para asunto bueno o malo.

—Yo creo saberlo —dijo.

—Dime, ¿qué crees que es un sofista?

—Yo —dijo—, como indica el nombre, creo que es el conocedor de las cosas sabias.[8]


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