Dialogos III

Dialogos III

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FEDÓN —En verdad, Equécrates, que, aunque muy a menudo había admirado a Sócrates, jamás sentí por él mayor aprecio que cuando estuve 89aallí a su lado. Porque yo admiré extraordinariamente en él primero esto: qué amablemente, y con qué afabilidad y afecto aceptó la réplica de los jóvenes, y luego, cuán agudamente advirtió lo que nosotros habíamos sentido bajo el peso de sus argumentos, y qué bien, además, nos curó y, como a prófugos y derrotados, nos volvió a convocar y nos impulsó a continuar en la brega y a atender conjuntamente al diálogo.

EQU. —¿Y cómo?

FED. —Yo te lo diré. Me hallaba yo a su derecha, sentado junto a bsu cama en un taburete, y él bastante más elevado que yo. Acariciándome entonces la cabeza y agarrándome los cabellos que me caían sobre el cuello —pues acostumbraba, en alguna ocasión, a jugar con mis cabellos—, dijo:

—Mañana tal vez, Fedón, te cortarás estos hermosos cabellos[67].

—Parece ser, Sócrates —contesté.

—No, si es que me haces caso.

—¿Por qué? —le dije yo.


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