Dialogos III
Dialogos III —Pues bien —dijo Simmias—, también yo estoy en esa disposición, y mucho me asombrarÃa si alguna vez llegara a otra opinión sobre este tema.
Entonces replicó Sócrates:
—Sin embargo, te va a ser necesario, oh huésped tebano, cambiar de opinión, si es que se mantiene esta creencia de que la armonÃa es, de un lado, una cosa compuesta, y que, de otro, el alma es una cierta armonÃa formada de los elementos en tensión en el cuerpo. Pues, sin bduda, no te admitirás a ti mismo afirmar que estaba compuesta la armonÃa antes de que existieran aquellos elementos de los que ella debÃa formarse. ¿Acaso lo admitirás?
—De ningún modo, Sócrates —contestó.
—¿Adviertes, pues —dijo él—, que eso es lo que llegas a decir cuando afirmas que el alma existe antes de llegar a la forma del ser humano y al cuerpo, y que ella existe formada de elementos que aún no son? Pues, en efecto, la armonÃa no es para ti algo como eso a lo que comparas, sino que primero están la lira, las cuerdas y los sonidos, aún csin armonizar, y al final la armonÃa se compone de todos ellos y se destruye antes que ellos. Asà que, ¿cómo va a entonar este razonamiento tuyo con aquel otro?
—De ningún modo —dijo Simmias.