Dialogos III
Dialogos III —Asà me lo parece, Sócrates —contestó.
—¿Es que te parece que nuestro argumento está bien expuesto —dijo él— y que puede suceder eso, si es correcta la hipótesis de que bel alma es armonÃa?
—No, en modo alguno —contestó.
—¿Qué? —prosiguió—. ¿De todo lo que hay en el ser humano dices que hay otra cosa que mande sino el alma, y especialmente si es sensata?
—Yo no.
—¿Acaso cediendo a las afecciones del cuerpo u oponiéndose a ellas? Quiero decir algo como esto, que, por ejemplo, al estar con fiebre y calentura <el alma> impulsa a lo contrario, a no beber, y teniendo hambre a no comer, y en otros muchos casos vemos que el alma se opone a las inclinaciones del cuerpo. ¿O no?c
—Desde luego que sÃ.
—Ahora bien, ¿no reconocimos, además, en nuestro coloquio de antes que el alma, de ser una armonÃa, jamás podrÃa cantar en sentido contrario a las tensiones, relajaciones, vibraciones y cualquier otra afección que experimentaran aquellos elementos de los que ella resulta componerse, sino que seguirÃa a éstos y jamás los guiarÃa?
—Lo hemos reconocido. ¿Cómo no?