Dialogos III
Dialogos III —Amigo mÃo —dijo Sócrates—, no hables demasiado, no sea que algún maleficio nos envuelva el razonamiento que va a darse. Pero de eso ya se ocupará la divinidad; nosotros, a la manera homérica[80], yendo al cuerpo a cuerpo, probemos si dices algo firme. Lo fundamental de lo que expones es algo asÃ. Pretendes que quede demostrado que nuestra calma es indestructible e inmortal, si es que un filósofo que va a morir, en la confianza y la creencia de que, cuando haya muerto, allà lo pasará bien, mucho mejor que si acabara de vivir en otro tipo de vida, no haya mantenido una confianza insensata y boba. El mostrar que el alma es algo firme, de forma divina, y que ya existÃa antes de que nosotros naciéramos, no impide en nada, dices, todo eso, que no indique inmortalidad, sino sólo que el alma es algo muy duradero y que ya existÃa antes en algún lugar durante un tiempo incalculable, y que conocÃa y realizaba un montón de cosas. Pero en nada más <prueba> que era inmortal, sino que el mismo hecho de allegarse a un cuerpo humano le es a ella el principio dde su destrucción, como una enfermedad. Y pasando fatigas vivirÃa entonces esta vida y, al final, se destruirÃa en lo que llamamos muerte. Y afirmas también que nada difiere si se allega al cuerpo una sola vez o si muchas, al menos respecto del temor que todos sentimos. Pues conviene sentir temor, si es que uno no es insensato, a quien no sabe ni puede dar razón de que es inmortal. Esto es más o menos, creo, Cebes, lo que dices. Y a propósito, lo reexpongo repetidamente para que no se nos epase algo por alto, y para que añadas o suprimas algo, si tú quieres.