Dialogos III
Dialogos III —Desde luego que lo quiero, más que nada —respondió.
—Me pareció entonces —dijo él—, después de eso, una vez que hube dejado de examinar las cosas, que debÃa precaverme para no sufrir lo que los que observan el sol durante un eclipse sufren en su observación. Pues algunos se echan a perder los ojos, a no ser que en el agua o en algún otro medio semejante contemplen la imagen del sol[98]. Yo ereflexioné entonces algo asà y sentà temor de quedarme completamente ciego de alma al mirar directamente a las cosas con los ojos e intentar captarlas con todos mis sentidos. Opiné, pues, que era preciso refugiarme en los conceptos para examinar en ellos la verdad real. Ahora bien, quizás eso a lo que lo comparo no es apropiado en cierto sentido. Pues 100ano estoy muy de acuerdo en que el que examina la realidad en los conceptos la contemple más en imágenes que aquel que la examina en los hechos. En fin, el caso es que por ahà me lancé, y tomando como base cada vez el concepto[99] que juzgo más inconmovible, afirmo lo que me parece concordar con él como si fuera verdadero, tanto respecto de la causa como de todos los demás objetos, y lo que no, como no verdadero. Pero quiero exponerte con más claridad lo que digo; pues me parece que tú ahora no lo comprendes.
—No, ¡por Zeus! —dijo Cebes—, no del todo.