Dialogos III

Dialogos III

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—¿Qué hacéis, sorprendentes amigos? Ciertamente por este motivo despedí a las mujeres, para que no desentonaran. Porque he oído eque hay que morir en un silencio ritual[132]. Conque tened valor y mantened la calma.

Y nosotros, al escucharlo, nos avergonzamos y contuvimos el llanto. Él paseó, y cuando dijo que le pesaban las piernas, se tendió boca arriba, pues así se lo había aconsejado el individuo. Y al mismo tiempo el que le había dado el veneno lo examinaba, tomándole de rato en rato los pies y las piernas, y luego, aprentándole con fuerza el pie, le preguntó si lo sentía, y él dijo que no. Y después de esto hizo lo mismo 118acon sus pantorrillas, y ascendiendo de este modo nos dijo que se iba quedando frío y rígido. Mientras lo tanteaba nos dijo que, cuando eso le llegara al corazón, entonces se extinguiría.

Ya estaba casi fría la zona del vientre cuando descubriéndose, pues se había tapado, nos dijo, y fue lo último que habló:

—Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo bdescuides[133].

—Así se hará —dijo Critón—. Mira si quieres algo más.


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